lunes 22 de enero de 2007

Edith


El interior se abre camino.

Edith es una chica común, como tantas chicas adolescentes del 2123. Con sus 12 años piensa que ahora nada podrá interponerse con sus decisiones, ya que ha llegado a la mayoría de edad y por consiguiente el sistema aceptará su clave como válida para cualquier tipo de acción que quiera tomar.

Ella vive en en la región Gamma del cuarto cuadrante, cerca de la orilla del continente que solían llamar Asia los hombres que estudiaban historia, antes de que existiera el SUNO, o sea el Sistema Universal del Nuevo Orden.

Ha estudiado mucho sobre el funcionamiento del SUNO y está dispuesta a modificar muchos aspectos funcionales, pero hasta ahora sólo se le permitía el acceso a modificar opciones preestablecidas. Sus tutores la prepararon para una tarea menos comprometida, pero ella es bastante rebelde y persiste con sus ideas. Cuando presentó su proyecto, casi provoca un dawn en el sistema, ya que la sociedad notó lo fácil que resultaría paralizar el sistema global si se llevaban a cabo estas modificaciones. Todo se tranquilizó cuando el sistema dio su respuesta de que el proyecto fue aceptado. ¿Quién cuestionaría una aprobación del SUNO? Edith realizará su trabajo.

En la región todo está calmo. Ella extraña un poco el paisaje rocoso de su antigua vivienda, donde cuando niña solía trabajar al aire libre, pese a las negativas de sus antiguos tutores. Aquí, en el agua, todo es distinto. Pero ella está conforme, y en su próxima interview pedirá un paisaje distinto otra vez, ya que siempre quiso conocer todas las regiones de cada cuadrante, y piensa cambiar de ambiente cada lustro.

Edith está entusiasmada con su trabajo, le gusta los lugares que conoce, conoce mucha gente, pero ella se siente triste. Aunque constantemente está en contacto con el mundo, no puede controlar la tristeza. Ya se hizo todas las revisaciones pertinentes, y se encuentra en perfecto estado. el sistema sólo le recomendó 520 minutos extra de recreación, y opcionales. y ella no los necesita. ¿Qué será? siempre se pregunta. Aunque hace más de siete años que no ve a una persona físicamente o que no tiene contacto físico con otro ser no-vegetal, no piensa que eso tenga influencia, además ya lo consultó al sistema. Ella está tranquila. Su territorio es de 160 metros cuadrados, y está provista de 4 asistentes que, aunque son reciclados de generaciones anteriores, los considera muy útiles y amigables.

Edith, un día, pidió a sus asistentes que la llevaran a la superficie. Cuando llegó, se sentó en el suelo de la plataforma, se sacó el calzado y se quedó allí, mirando a su alrededor. Caía la tarde. Sólo vió algunas luces, asistentes de transportes del sistema y rieles. Tocó el metal frío de un riel, y haciendo una broma, le preguntó a su asistente: ¿Cuánto tiempo tardaría en darle calor a todo el sistema si me quedo tocando este riel? El asistente luego de unos segundos de hacer cálculos contestó, pero ella no lo escuchaba. Miraba hacia su alrededor, y todo era lo de siempre, no muy distinto de lo que le mostraban sus pantallas, allí abajo. La plataforma, de metal y concreto. Los rieles, y el océano, que la rodeaba. Contempló ese paisaje un largo tiempo. No esperaba ver nada especial, realmente no sabía a qué había subido. Esa visita no tenía un sentido para ella, pero de alguna manera la necesitaba. O es que sentía que a pesar de que todo estaba bién, había algo que faltaba. El lugar se veía desolado. Todos los demás estarían en sus refugios, compartiendo charlas o trabajando en sus pantallas. Comenzó a caminar descalza, despacio, con la mirada en el horizonte. Su asistente la seguía. Oía el ruido del mar, entremezclado con zumbidos de transportes y chasquidos de rieles, y sentía llegar la noche. Siguió caminando, tarareando una vieja melodía de un siglo pasado. De pronto sintió algo, no supo qué, tal vez un ruido, tal vez un olor, tal vez un recuerdo perdido... se detubo y miró hacia el cielo. Vió la luna, plateada y redonda. Sintió ese ardor en los ojos y comenzó a derramar sus lágrimas. Confundida pero feliz, lloró. Con ganas pero sin dolor lloraba, y permaneció de pie un momento, mirando la luna. Y sonrió. Luego volvió a su refugio, y el sitio que ella había dejado le parecía distinto. Pero ya no estaba triste, porque había descubierto lo que necesitaba.