
Tácitamente presente.
La estuve esperando, sentado acá, en nuestra esquina, mucho tiempo. Pero esta vez estaba decidido a enfrentar la realidad y contarle toda la verdad. Sería yo el primero en hablar esta vez. Cuando llegó el momento, le dije sin respirar:
- Hola, mi amor. No, ya sé, no me digas nada, tu mirada me lo dice todo. Por favor no digas nada, dejame hablar a mí. Luego hablaremos. Hay algo distinto en tu mirada. Sí, ya sé que ya no te puedo decir “mi amor” pero no puedo evitarlo. El ayer y el hoy son tan disímiles que no lo soporto. Disculpame. Hagamos una cosa, caminemos mientras te explico todo.
Yo quería caminar a su lado para no cruzarme con sus ojos. Ella no me dijo nada, solo bajó la mirada. Pero yo casi podía oír sus pensamientos. No tuve el coraje de tomarla de la mano. La gente pasaba pero volteaba para mirarnos, como el primer día. Quise comenzar con mi discurso, pero la nostalgia que me traía el lugar fue más fuerte que yo, y le dije:
- Mirá, parece mentira pero esta misma plaza fue testigo de nuestras risas. Recuerdo ese día. Estabas en aquél banco, a la tarde, cuando yo por fin me atreví a hablarte, con una excusa estúpida. “¿me prestás las fotocopias de Sócrates.?” qué idiota, ¡por Dios! Y miranos hoy. Pero en realidad yo nunca pensé que nosotros tendríamos nuestros destinos enredados. A partir de aquel día siempre quise venir a verte después de clase, y ya no pude dejarte, eras todo lo que me faltaba. fuiste para mí como una obsesión, todo en vos me atrapaba. Tus palabras fueron caricias, tu piel fue un abrigo y tu perfume, una sustancia adictiva. Algo me pasó pero no pude aceptar un “no” como respuesta. “¿otra vez sopa?” me dirías al otro día, y sin embargo para mí eso era una bienvenida. ¡Tan ciego estaba! Ahora lo veo claramente. Pero en cambio no puedo definir lo que siento hoy. Aunque tengo muchas certezas. Pero lo inexplicable, lo extraño, lo indefinible, es ese sentimiento que tengo, tan contradictorio, de vacío y de total satisfacción, que tengo cuando siento tu presencia a mi lado...
No sé cuánto tiempo caminamos juntos. Hablamos mucho. De pronto, mi reflejo hablando solo en la vidriera me hizo volver a la realidad, fue como un despertar. Marisa ya no estaba. O, peor aún, nunca habría llegado. Yo tenía todavía su chocolate en mis manos. Seguí caminando lentamente.
- ¿Ves Marisa, lo que digo? Eso es lo que vine a decirte. No te puedo dejar. Porque vos no querés dejarme.
Entonces comprendí. Yo tenía razón. Ella no me había dejado. Por eso siempre la sentía a mi lado. Aunque yo no la veía, ella estaba, en todo momento. Mirándome, escuchándome. Tácitamente presente.
lunes 9 de enero de 2006
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2 comentarios:
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